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Messi, Mandela y Porta: cuando el deporte pacifica

Lionel Messi ganó el Premio Laureus como mejor deportista e integrante del mejor equipo del año

¿Otra vez Messi? Sí. Otra vez. Y a la vez, no tanto. Más que el foco, en esta historia le tocará jugar de disparador. Durante la última semana, el mejor futbolista del mundo fue protagonista de, al menos, tres noticias relevantes.

Una, la versión de que seguiría su carrera en el irrelevante fútbol saudí, enfáticamente desmentida por su padre a través de un extenso comunicado. Dos, la vuelta a la formación titular del PSG para el partido de este fin de semana con Ajaccio, que puede dejarlo a poco de obtener un nuevo título de liga. Tres, la obtención por partida doble del Premio Laureus como mejor deportista e integrante del mejor equipo del año.

Con menos impacto mediático que el Balón de Oro o el The Best, la particularidad y la singularidad del Laureus radica, entre otras cosas, en que gente destacada del deporte elige libremente sus favoritos independientemente de la disciplina que practiquen y que, a la hora del trazo fino, se evalúan méritos que no radican exclusivamente en lo deportivo.

Es probable que muchos de ustedes hayan escuchado por primera vez hablar de esta distinción. No solo por el premiado sino por haber sido Hugo Porta, el primer rugbier argentino considerado de indudable jerarquía mundial, quien entregó el reconocimiento a Lionel. Más que eso, el real impacto mediático lo produjo el mensaje de quien fue, durante muchos años, goleador récord de Los Pumas y capitán en gran parte de las conquistas de nuestro seleccionado a partir de 1971 y a lo largo de dos décadas.

Messi y Hugo Porta en los premios (Foto: Getty Images)
Messi y Hugo Porta en los premios (Foto: Getty Images)

Hacia el final del discurso, Hugo hizo referencia a los que él considera puntos en común entre Messi y Nelson Mandela. “Yo lo conocí. Y si estuviera vivo te daría un abrazo. Ese que ahora te voy a dar yo”, cerró conmovido el hombre que flageló a la mega elite del rugby mundial con sus incomparables patadas a los postes. Ese “yo conocí a Mándela” sólo queda corto para dimensionar la relación de Porta con el líder sudafricano. Lógico para el rango de timidez que lo caracteriza.

La historia entre ambos es muchísimo más grande que eso. El seleccionado sudafricano de rugby, los Springboks, ha sido históricamente la gran pasión de la minoría supremacista blanca de ese país. Durante décadas, una bandera de la cual todo habitante no blanco de la Nación debía mantenerse al margen. No casualmente Mándela tuvo a ese deporte y a ese seleccionado como aliados para su gesta incomparable. Dicho de otro modo, los Springboks eran intocables para los sudafricanos blancos. Hasta qué dejaron de serlo.

La referencia clave en la línea de tiempo aparece a fines de los ‘60 y no tiene que ver con el rugby sino con el cricket. Basil D’Oliveira fue un notable jugador de ese deporte. Negro, nacido en Ciudad del Cabo que llegó a integrar el seleccionado de sudafricanos “no blancos”.

Radicado en Inglaterra, cuya ciudadanía obtuvo en 1964, D’Oliveira quedó preselecciónado para la serie de test matches con su país de origen a fines de 1968. Ante el reclamo de la delegación visitante, los británicos decidieron excluirlo del plantel. Ahí nació el llamado Caso D’Oliveira.

Un año más tarde, los Springboks viajaron para una extensa gira por las Islas. Entre un montón de manifestaciones en contra de esa visita hubo dos episodios que marcaron a fuego lo sucedido fuera de la cancha… y dentro de ella.

Durante uno de los partidos regionales, una avioneta sobrevoló el estadio a baja altura y desde allí lanzaron pequeñas bombas de pintura blanca que dejaron una huella elocuente en el campo de juego. Luego, antes de uno de los partidos jugados en tierra escocesa, un manifestante aprovechó un descuido y poco menos que secuestró el micro que debía llevar a los jugadores al estadio de Murrayfield. Detalle no menor: uno de los organizadores de las manifestaciones en Escocia fue Gordon Brown, Primer Ministro británico entre 2007 y 2010.

Las consecuencias de tanta tensión fueron lapidarias para la expectativa deportiva sudafricana. Perdieron varios partidos provinciales ante equipos menores y no ganaron ninguno de los cuatro test matches contra Inglaterra, Escocia, Irlanda y Galés. No pasó mucho tiempo antes de que el mundo del deporte le diera definitivamente la espalda a Sudáfrica. En 1974, la India se negó a jugar una final de Copa Davis (la Argentina tomó una idéntica medida en la primera rueda), la fondista sudafricana Zola Budd sólo pudo competir en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles bajo bandera británica y, lo más duro, el rugby se negó a invitar a los Springboks a jugar los mundiales de 1987 y 1991.

Es difícil calcular cuánta influencia tuvo el rugby para que comenzara una apertura anti-apartheid en una Nación que, por cierto, aún parece tener unas cuantas asignaturas pendientes. Si nos remitimos al mensaje de Mandela -y al mensaje de la entrañable Invictus– habría que concluir que jamás en la historia un deporte influyó tanto en un movimiento de semejante magnitud.

A propósito de Invictus. Nota al margen. A esta altura lamento no haber sido lo suficientemente cholulo como para fotografiarme con cada monstruo con el que este bendito oficio me cruzó. Sin embargo, en algunos casos no pude sino sucumbir. Como cuando en 2015, viajando en el tren que lleva de una terminal a la otra del aeropuerto de Heathrow, me crucé con Francois Pienaar. El que caracterizó Matt Damon. El capitán campeón mundial de 1995. El dueño de la número 6 que Mandela se calzó en señal de paz interracial.

Hay un montón de referencias que se podrían agregar respecto de esos años tan movilizadores. Por ejemplo, el poco tiempo que medió entre la caída del Muro de Berlín y la liberación de Mandela. Todo bien. Pero, ¿y Porta? En 1991, Hugo fue designado Embajador por Carlos Menem. Su misión era la de restablecer vínculos con Sudáfrica, rotos desde 1986. Expeditivo y heterodoxo para ciertos menesteres, Menem sabía del vínculo entre Porta y el líder sudafricano.

El mismo hombre que logró dar un enorme paso en favor de la integración de su gente hasta ganándose el reproche de los propios vistiendo una camiseta de los Springboks, era el mismo que aborrecía de ellos durante los casi 30 años que soportó encerrado en Robben Island.

A modo de modesta venganza respecto de sus carceleros, Mandela celebraba con dientes apretados cada vez que se enteraba por la radio de cada derrota de los muchachos de camiseta verde. Una de ellas se produjo en abril de 1982 en Bloemfontein, ante 15 argentinos disfrazados bajo el nombre de Sudamérica XV: oficialmente nuestro seleccionado no podía competir con los sudafricanos. Fue un triunfo por 21 a 12 y todos los tantos argentinos los anotó Hugo: un try, una conversión, un drop y cuatro penales. Magia pura.

Entonces, no fue que Porta conoció a Mandela. Hugo fue el ídolo del enorme Nelson. Apenas.

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